¿Escuchamos música o ya solo la oímos?

Ayer, en el Día de los Reyes Magos, gracias a la insistencia de un gran amigo productor, decidí darle una escucha a LUX, el último álbum de Rosalía –que no lo había escuchado aún porque realmente no terminaba de llamarme la atención– y aunque solamente terminé añadiendo 2 canciones a mi playlist, puedo decir que es el mejor álbum que he escuchado este año. Un proyecto que da gusto escuchar, una golosina para los oídos, música en estado puro, algo que no era viral desde hace tanto tiempo que ya no recuerdo la última vez.

Al terminar de escuchar el cuarto proyecto de larga duración de la catalana, me quedó más claro que la música está cayendo cuesta abajo y sin frenos hacia un apocalipsis donde reina la volatilidad, superficialidad y efimeridad. Este fenómeno ya existe y se conoce como “playlistificación”, aunque yo prefiero llamarlo: dejar de hacer música por arte y empezar a hacerla por dinero. La tendencia a dejar de escuchar y empezar a oír es desoladora. La música se ha vuelto un río de canciones fugaces: piezas y proyectos que podrían ser obras completas se consumen en un parpadeo y desaparecen sin dejar huella, dejando solo ruido de fondo que se olvida antes de terminar de oírlas, porque sí, el tipo de canciones que hay en el apocalipsis, no se escuchan, se oyen.

Video recomendado sobre la «playlistificación»

En esta nueva era, saltamos de estímulo en estímulo como quien hace zapping durante horas en la televisión. Nuestra dopamina está disparada, el cortisol nos mantiene en alerta constante, y aun así ya nada nos llama la atención lo suficiente. Quedamos pegados al producto como si estuviésemos enganchados a cualquier droga dura: golpe de novedad, chute de emoción  y después, el cansancio. Para posteriormente, ir en búsqueda de ese próximo pico de dopamina. 

NOSTALGIA

Mientras escribía estos párrafos, la nostalgia me llevó a recordar la primera vez que escuché mi álbum favorito, good kid, m.A.A.d city de Kendrick Lamar. Jamás había oído algo igual: canciones que se conectaban entre sí a través de mensajes del buzón de voz del teléfono de Kendrick, historias que avanzaban y retrocedían y lo más importante, donde cada tema tenía un propósito. La nostalgia terminó de consumirme al recordar lo que hice cuando terminé el álbum. Recuerdo que me quedé pensativo, con la mirada perdida, intentando procesar lo que acababa de escuchar. Que un álbum te obligue a buscar en Google cada línea para tratar de entender el relato, es algo que hoy, desgraciadamente, es muy difícil encontrar.

Portada del álbum de Kendrick Lamar, Good Kid, Maad City

Ese recuerdo me hizo dar cuenta de lo que se pierde hoy. La música ya se consume como un producto rápido que no deja huella. Pero álbumes como good kid, m.A.A.d City de Kendrick Lamar, LUX de Rosalía o El Madrileño de C. Tangana demuestran que la música puede ser un viaje completo: una película auditiva, capaz de atrapar al oyente, de obligarlo a escuchar y a sentir, y no simplemente proyectos pensados para acumular streams.

Como defendía Friedrich Nietzsche con el eterno retorno: la historia se repite, los ciclos se renuevan y lo que hoy parece perdido volverá a resurgir. La música no escapa de esto. El cuarto arte renacerá, las partituras cobrarán vida de nuevo y luego volverán a esfumarse. Mientras los melómanos seguiremos escuchando good kid, m.A.A.d citys y LUXes, los demás seguirán atrapados en el mismo ciclo de sonidos que se desvanecen y resurgen, una y otra vez.

Adexe Sánchez
Adexe Sánchez
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Un comentario

  1. Un análisis muy preciso y también una llamada de atención. Estamos absortos en una vorágine de estímulos que terminará en algún momento por implosionar (o no, y ese quizás sea el problema). Siendo un nietzschiano empedernido, te felicito. Muy bien traído

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